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¿LA ÚNICA VERDAD ES LA MENTIRA?, por Francisco Brumat

No salimos de nuestro asombro, pero acaba de cumplirse el décimo aniversario de la catástrofe ambiental provocada por la colisión del buque “Estrella Pampeana”, perteneciente a la empresa “Shell”, con el portacontenedores “Sea Paraná”, en el kilómetro 93 del Río de la Plata, en jurisdicción de Magdalena, lo cual provocó un enorme derrame de petróleo que llegó a cinco millones de litros  y se desparramó a lo largo de 25 kilómetros de la zona costera del mencionado pueblo con tanta raigambre histórica. Y la espera ha sido vana.

         Desde entonces hasta la actualidad han sucedido muchas cosas en el mundo que habitamos, como lo pone en evidencia la vertiginosa aceleración de los acontecimientos, aún los vinculados al diario vivir. El ritmo se ha tornado demasiado exigente, y cuesta cada vez más seguir el hilo de las cosas con la serenidad de espíritu y la madurez mental que eran comunes, por sólo recurrir a un ejemplo, hace medio siglo. En teoría, pareciera que se está produciendo un gran cambio, pero ¿es así realmente?

         Se advierte por doquier una transformación tecnológica permanente y veloz, con profusión de celulares, ipods y otras yerbas, lo cual no es óbice para las graves falencias que exhiben cada vez en mayor medida los conglomerados urbanos. Las costumbres de la sociedad están experimentando modificaciones impredecibles. Vemos que el hombre y la mujer luchan en pie de igualdad en el ámbito laboral. Los jóvenes se independizan sin esperar muchas veces la mayoría de edad. Los maestros se ven enfrentados a sus propios alumnos. Creencias y pensamientos otrora indiscutibles aparecen derribados de su pedestal. Se hace sentir cada vez más –asociándose a tremendas alteraciones del clima y la naturaleza-, como señala el jurista Augusto Mario Morello (artículo periodístico: “El Derecho en la sociedad de riesgo”), la irrupción de factores determinantes: terrorismo, miedo, discriminaciones, inmigraciones y desplazamientos industriales y profesionales, fundamentalismos, mafias y crimen organizados, drogas, actividades religiosas extremas e irrupción de dispares culturas que mudan la preexistente (sic).

         Todo “cambia” sin cesar, en suma, mientras el progreso, de la mano de la en muchos casos perniciosa televisión, se abre paso desechando con frecuencia la enseñanza del pasado y pretendiendo hacer la vida más fácil.

¿Pero es cierto, acaso, que dicha constante modificación abarca todos los andariveles del cotidiano devenir, y que mejoran en verdad las actuales condiciones de existencia? ¿La respuesta no debería ser negativa, sin dejar de reconocer el avasallador empuje de lo “moderno”, habituado a no detenerse nunca? ¿Se asiste realmente a un cambio en serio, en beneficio de las nuevas generaciones?

         Pruebas al canto:

         NO OBSTANTE EL PROLONGADO LAPSO TRANSCURRIDO DESDE AQUEL 15 DE ENERO DE 1999, LA SITUACIÓN DESCRIPTA AL COMIENZO DE ESTA NOTA NO SÓLO SE MANTIENE EN UNA ESPECIE DE “STATU QUO”, SINO QUE SE HA VENIDO AGRAVANDO DÍA TRAS DÍA, PUES EL DERRAME DE PETRÓLEO PRODUJO UN DAÑO IRREPARABLE EN LA COSTA DE MAGDALENA Y SUS ADYACENCIAS, Y UN INGENTE PERJUICIO SANITARIO PARA SUS HABITANTES, MUCHOS DE ELLOS AFECTADOS POR UNA CONTAMINACIÓN LETAL.

Cuesta entonces entender el por qué de la inacción que se advierte, y también resulta incomprensible la actitud de las autoridades de turno, frente a lo que ha sido hasta ahora el mayor derrame de hidrocarburos ocurrido en el mundo sobre un curso de agua dulce.

         ¿No existe obligación de salir en defensa del patrimonio afectado? ¿La costa bonaerense no forma parte del territorio de la Provincia? ¿No lo indica así, claramente, el artículo 28 de la Constitución bonaerense?

         Si la propiedad y el patrimonio de cualquier ciudadano merecen la protección del Estado (artículo citado), ¿cómo no ocurre lo mismo cuando se halla involucrado, con mayor razón, el patrimonio del propio Estado?

         ¿Desinterés, o intereses políticos y/o económicos involucrados? ¿Indiferencia? ¿Despreocupación? ¿Manifiesta irresponsabilidad? No se acierta con el término más adecuado, y a esta altura de la evolución es como si se tratase de un asunto archivado u olvidado, como los juncos tapados por el líquido corrosivo, ya que, aún en el supuesto de que hubiese algún atisbo de solución, frente al desborde de la naturaleza y al extenso tiempo transcurrido, quedarían ya pocas esperanzas de una eventual reparación.

         El testimonio rendido en su momento por el capitán del petrolero era prueba irrefutable de la responsabilidad que debió asumir la empresa propietaria del barco embistente, lo que hasta el momento no ha ocurrido, como  si un manto de silencio se hubiera extendido sobre las playas afectadas.

         En consecuencia, se arriba a la conclusión incontrastable de que por encima de los principios jurídicos y de los valores morales se vuelve a erigir el sórdido interés de los poderosos y omnipotentes de siempre,  que desaprensivamente han logrado dilatar la solución del caso, tornándola indefinida, con la complicidad de las autoridades, hasta llegarse al escándalo de que un ex juez federal que intervino hubiera paralizado el proceso durante más de tres años …

         De modo paulatino, nos hemos acostumbrado a una prepotencia institucional, con el odio y el resentimiento como arma política, sembrando la semilla de la discordia social. Por lo tanto, la pobreza y la miseria se abren paso como signos distintivos de una “sociedad asustada” (Morello, en “El Día” del 14/11/08), mientras un informe de la UNO expone que de los 6.500 millones de personas que habitan el planeta, un tercio de ellas ¡vive con menos de dos euros diarios!

         Sólo se procura el incremento de la riqueza, sin reparar en los medios para ello, y nadie se preocupa de que haya menos pobres, ni de que falten elementos vitales para el sustento individual, en una puja desigual donde el “triunfador” y el “consumista” se cobijan en derechos y soslayan los deberes (sic), dejando que la contaminación trepe también al alma del ser. El drama del petróleo derramado se reproduce, así, en el plano de los sentimientos.

         Cuesta pensar que esto haya podido suceder en medio de las frecuentes invocaciones al progreso del país, a un mayor bienestar de la población, a la integridad del patrimonio nacional, a la vigencia del espíritu de solidaridad, a la convivencia pacífica, etc., etc., etc.

         Finalmente, obliga a reflexionar sobre el destino de la República, y a preguntarse ¿qué esperanza puede tener un ciudadano indefenso ante una situación similar? ¿Podrá creer en la ecuanimidad y objetividad de la Justicia? ¿Podrá confiar en la honestidad de los representantes populares a quienes eligió, o de los funcionarios encargados de corregir irregularidades como las que se mencionan? …

         A su vez, los jueces -en especial los de la Corte Suprema y las Cortes provinciales- se han politizado y son piezas esenciales y protagónicas del Gobierno (sic).

         ¿Qué cambio, entonces, se ha experimentado? Por el contrario, ¿no significa un verdadero retroceso en perjuicio del territorio y de los habitantes de un pueblo histórico? ¿Puede concebirse tal cosa frente a las modernas doctrinas sobre los derechos humanos, con invocación a los tratados de rango constitucional que se han dejado a un lado? ¿Ninguno puede contemplar un caso como el que se expone? ¿Son tan poderosos los intereses en juego?

         No debe olvidarse que el éxito económico no logra tapar todo, ni la prepotencia de un gobernante puede acallar los reclamos justos, mientras el federalismo se está deshaciendo en girones, derivando en una geografía de la impotencia, con la aparición de un nuevo hombre típico  de la sociedad contemporánea, el “hombre masa”, particularmente expuesto a la acción de los demagogos, como ya lo anticipara Ortega y Gasset en “La rebelión de las masas”.

         Despojarse de la hipocresía cuesta, a esta altura, un esfuerzo sobrehumano, como así también procurar que prevalezcan los ejemplos de sensatez, respeto al prójimo, comprensión hacia quien piense distinto y, sobre todo, que el bien común sea el norte de cualquier acción del Estado, sin ningún atisbo de corrupción, y menos de enriquecimiento ilícito.

         De lo contrario, así como en otra época llegó a consagrarse en el dicho popular que “la única verdad es la realidad”, ahora nos veríamos forzados a sentenciar que “la única verdad es la mentira”, antes de emprender, en definitiva –si es que todavía se puede-, un largo y escabroso camino de superación, muy difícil de conseguir.

FRB, 31/1/2009.

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