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El Derrame petrolero en Magdalena [1], por Antonio Brailovsky

A menudo, los argentinos cruzan el Río de la Plata y recorren las ciudades uruguayas de Carmelo y Colonia del Sacramento. Allí los invade un sentimiento muy parecido a la envidia. ¿Por qué no tendremos nosotros algo parecido?  Una ciudad pequeña, ubicada junto al río, con playas sobre esas aguas pardas y mansas y con construcciones históricas. El viajero sueña con tener del lado argentino una ciudad a escala humana, el río tal como no puede gozarse en Buenos Aires desde hace un siglo y testimonios de nuestro pasado como pueblo.

En realidad, el lugar existe. Se llama Magdalena y está a 110 kilómetros de Buenos Aires. Fue fundada en 1730, es decir, después que Colonia y antes que Carmelo. Su iglesia tiene dos torres y una cúpula revestidas con cerámicas y uno de sus curas párrocos, Manuel Alberti, integró la Primera Junta de Mayo. En la misma plaza, la Municipalidad es un edificio de líneas neoclásicas con influencia italiana, una loggia en el primer piso y un gran reloj en la parte superior.

En las calles hay casas coloniales, algunas de gran armonía y belleza. Magdalena tiene además una de las joyas culturales de la Argentina, el Teatro Español, un antiguo teatro de estilo italiano, en el que alguna vez cantó Enrico Caruso y que tiene una sofisticación que poseen pocos teatros de ópera del mundo (y del que carece la famosa Ópera Garnier de París): bajo la sala, una enorme piscina subterránea genera esa acústica tan particular que sólo pueden dar las reverberaciones del agua transmitiendo la voz humana. Hace unos días, Luis Brandoni me confesó su sueño de actuar alguna vez sobre ese escenario.

Muy cerca, el Río de la Plata, con dos hermosos balnearios: el de Magdalena, al que se llega por una ancha avenida forestada. El otro balneario es Atalaya, en cuyo puerto histórico hubo saladeros en el siglo XIX y donde los gauchos rechazaron a punta de facón una invasión brasileña y otra francesa. Magdalena es, entonces, un lugar que espera ser descubierto por el turismo. El riesgo está en que siga esperando para siempre.  

La vieja Guía Turística YPF advertía que “para evitar la aglomeración de las playas, realice este paseo preferentemente de marzo a diciembre”. No le haga caso. Hoy en esas playas no va a encontrar a nadie.

El día 15 de enero del año 1999, aproximadamente a las 14,30 horas y en aguas del Río de La Plata, en las proximidades del kilómetro 93 del canal intermedio y frente a las costas de Magdalena, colisionaron los buques Sea Parana de bandera alemana y el buque tanque Estrella Pampeana -que transportaba petróleo propiedad de Shell CAPSA- de bandera liberiana.

A consecuencia del siniestro se produjo la ruptura de uno de los tanques del buque Estrella Pampeana, que contenía petróleo en su interior, y se originó un importante derrame de más de 5.400.000 litros de crudo (ó 4.428 toneladas ó 5.400 metros cúbicos de ese material). En círculos extraoficiales se estimaba que en realidad fueron alrededor de 6.500.000 litros de petróleo crudo derramado en las aguas del Río de la Plata. Nunca se explicaron los motivos de un choque de dos buques al mediodía, en un momento de máxima visibilidad y sin ninguna tormenta en el río.

Al arribar la Prefectura al lugar del siniestro estimaba que la mancha se encontraba a 15 millas de la costa, cubriendo una extensión de 1000 metros de longitud por 500 metros de ancho. Poco después la mancha de petróleo llegó a la costa, destruyó las playas y penetró en las desembocaduras de los arroyos. Hay evidencias que sugieren que pudo haber afectado las napas de agua subterránea que abastecen a Magdalena y a Atalaya, ya que estas napas se encuentran por debajo del nivel del Río de la Plata.

La falta de un adecuado plan de contigencia retrasó las tareas de limpieza. La ausencia de personal capacitado por la empresa hizo que se contratara mano de obra del lugar, que hizo trabajos de manipulación de residuos peligrosos sin el entrenamiento ni el equipo de protección necesarios. Algunos de ellos eran menores de edad, lo que viola la Ley de Contrato de Trabajo que prohibe que los menores realicen tareas insalubres o peligrosas. Varios de esos trabajadores tienen hoy problemas de salud, que atribuyen a la exposición a esos residuos peligrosos sin protección alguna.

Todos los testimonios coinciden en que se hizo una limpieza cosmética en lugar de una verdadera remediación del área contaminada.

El barco siniestrado era de bandera liberiana. Sin embargo, el capitán, la tripulación y hasta el nombre eran argentinos. ¿Cuál es el motivo? Que Liberia es un país en el cual las palabras derechos laborales y aún derechos humanos no significan nada. Sometido a una tiranía infame, presta su bandera a innumerables chatarras flotantes que recorren ríos y mares poniendo en peligro a todo el mundo. Cualquier reclamo en los tribunales de Liberia por accidentes laborales o ambientales es, por supuesto, un esfuerzo inútil, y eso lo saben todos los armadores de barcos impresentables.

Ese barco era monocasco. Es decir, que no tenía el doble casco que los países desarrollados exigen a los buques petroleros que navegan sus aguas y que Argentina inexplicablemente aún no lo ha hecho.

Detrás de este siniestro, hay un sórdido cálculo económico. En el transporte de petróleo es más barato perder una cantidad en un accidente que gastar en medidas de prevención. El petróleo crudo es muy barato y a las grandes empresas les parece inagotable. Pero un buque petrolero moderno, con el doble casco que exigen las normas internacionales de seguridad, el adecuado equipamiento de navegación y el personal preparado para hacer frente a una contingencia, son un costo adicional. La empresa sólo los pagará si está en un país que la obligue a hacerlo, ya sea que la obliguen sus autoridades, ya sea que lo hagan sus órganos judiciales en caso de tener que responder por un desastre.

Hoy la ciudad entera ha perdido su principal fuente de sustento, por un capitán que no supo tener firme el timón y por una empresa que no quiso invertir en un barco adecuado. El tema está en la Justicia, tanto para exigir una verdadera remediación ambiental como para la elemental reparación económica a los que han perdido su salud o sus fuentes de trabajo, pero pasa el tiempo sin que se produzcan novedades, con los pobladores afectados por la desocupación y la miseria. Allí aparecen personas inescrupulosas que intentan aprovechar la situación para hacerlos renunciar a sus derechos por unas pocas monedas.

En esta primera entrega, ustedes reciben un texto de Miguel Graziano con la historia del modo en que están funcionando los juicios por las consecuencias de la contaminación en Magdalena. Noten ustedes que Graziano dice que los vecinos empetrolados iniciaron su juicio hace exactamente cuatro años, pero la Justicia demoró tanto las cosas que todavía no se lo notificó formalmente a la empresa responsable del desastre. En la próxima entrega, las últimas novedades sobre un juicio inexplicablemente congelado.

Mientras tanto, todos esperamos que el sistema judicial de nuestro país funcione un poco mejor que el de Liberia.
 


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